España no es país para denunciantes: Todo el apoyo a Fonsi Loaiza tras su brutal agresión

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El rostro quebrado del periodista es la prueba de lo que ocurre cuando la verdad toca los hilos del poder político, económico y mediático.

Hay imágenes que no necesitan adjetivos porque muerden la conciencia a la primera mirada. El rostro de Fonsi Loaiza, quebrado, ensangrentado y cubierto de apósitos en la cama de un hospital, es la última radiografía de un sistema enfermo y ruín. No estamos ante un simple parte de lesiones; estamos ante la prueba gráfica de lo que ocurre en este Estado corrupto, cuando un periodista independiente decide que su dignidad no está en venta y que los poderosos no son intocables.

A Fonsi no le han agredido por azar. Le han agredido por poner nombres, apellidos y cifras a la corrupción; por levantar las alfombras de los palcos donde los señores del dinero tejen sus hilos de impunidad. Intentaron apagar su voz por la vía más cobarde y vieja del mundo: el terror físico. Violencia mafiosa que ejercen los esbirros del capital. Pero desde el dolor de la camilla, sus primeras palabras no fueron de rendición, sino de una inquebrantable dignidad colectiva:

«A los que ejercen el terror fascista y el odio: no me vais a callar. Ante la violencia de la extrema derecha, lo público nos salva la vida. Ni un paso atrás».

Y en esa última frase reside la humanidad más pura del activismo: en mitad de la vulnerabilidad, recordar que lo que nos salva es lo común, los sanitarios del San Carlos y del Puerta del Mar que curaron sus heridas mientras el odio intentaba desahuciar la verdad.

Los ejecutores de traje y corbata

La solidaridad no se ha hecho esperar. Publicaciones compañeras como CTXT lanzaban un mensaje que hacemos nuestro sin matices: «Todo nuestro desprecio a los fascistas y a quienes les dan alas. Recupérate. Aquí estamos a tu lado».

Sin embargo, como periodistas y activistas de Prometheus News, sabemos que limitar la autoría de esta barbarie a los matones de turno sería quedarnos en la superficie. Los cachorros del fascismo que ejecutan el golpe en la calle son solo el último eslabón de una cadena mucho más siniestra. Los verdaderos autores intelectuales visten de traje y corbata, firman editoriales difamatorios en grandes medios corporativos, financian campañas de odio en redes sociales y sonríen en los consejos de administración de las empresas que saquean nuestros derechos. Se van de copas y beben Vega Sicilia con jueces y fiscales.

Existe un entramado de poder económico y mediático que lleva años construyendo una diana sobre la espalda de todo aquel que disiente. Blanquean al fascimo por la mañana en la televisión y fingen demencia por la tarde cuando ese mismo fascismo pasa de las palabras a los puños. Saben perfectamente lo que hacen: buscan el «efecto desaliento». Quieren que el miedo entre en las redacciones independientes, que los jóvenes activistas se lo piensen dos veces antes de tuitear una verdad incómoda, que nos autocensuremos para salvar el pellejo.

Nuestra respuesta: Multiplicar la voz

Se equivocan profundamente. Cuando golpean a un periodista comprometido, las marcas de su rostro se convierten en una denuncia colectiva. Las heridas de Fonsi son hoy las de todo el periodismo digno  y activismo valiente, que se niega a ser parte de la podredumbre del sistema Borbónico. 

No nos vamos a amedrentar, ni vamos a dar un solo paso atrás. Si su estrategia es el aislamiento y el miedo, la nuestra será la red, el valor entre compañeros y el periodismo de combate. Exigimos justicia real, no palmaditas en la espalda ni declaraciones institucionales vacías de quienes luego pactan con los instigadores de este odio.

A los señores del dinero, a sus círculos de protección política y a sus mercenarios de la violencia les decimos una cosa: no hay suficientes vendas para tapar la verdad que estamos dispuestos a seguir contando.

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